El 'octoauto': la locura de los ocho ruedas que desafió al confort automotriz
En 1922, un ingeniero visionario, Milton Reeves, presentó al mundo el Reeves Overland Octoauto, un automóvil que parecía sacado de una pesadilla de Lewis Carroll. Un vehículo de ocho ruedas que, paradójicamente, nació de la necesidad imperiosa de acabar con el hedor de los viajes en coches de la época.

La obsesión por el confort en la era del 'botar'
A principios del siglo XX, el automóvil era un lujo inalcanzable para la mayoría. Los viajes eran un ejercicio de paciencia y soportar el constante 'botar' de los asientos, producto de los amortiguadores primitivos y las carísimas carreteras de tierra. Reeves, un ingeniero con una fascinación por el tren, se inspiró en los vagones, donde el peso se distribuye gracias a múltiples ruedas, minimizando las vibraciones. Su objetivo era claro: ofrecer una experiencia de viaje similar a la de un tren de lujo.
La idea era sencilla, pero audaz: cada una de las ocho ruedas, unidas a un sistema de dirección independiente, distribuiría el peso del vehículo, reduciendo drásticamente las sacudidas. Un proyecto ambicioso que, a priori, parecía condenado al fracaso.
El Octoauto, con su imponente longitud de seis metros, era un monstruo sobre ruedas. Su motor de 40 caballos de fuerza, combinado con cuatro ejes direccionables (uno de ellos fijo al motor), le permitía transportar hasta cuatro pasajeros. Un coche que, a pesar de su aspecto extravagante, cumplía su promesa: los viajes eran más cómodos, los baches menos evidentes. Pero, como descubriría Reeves, la comodidad no siempre se traduce en ventas.
Presentado en las 500 Millas de Indianápolis, el Octoauto no encontró eco en el mercado. Su tamaño, que lo convertía en un desafío para la conducción urbana y para el respeto de los conductores de la época, fue un factor determinante. Además, el precio, de 3.200 dólares –una fortuna en 1922, equivalente a dos coches Ford – desacabó por convencer a los compradores potenciales. Reeves intentó acallar el clamor con el 'Sextoauto', reduciendo el número de ruedas a seis, pero el resultado fue el mismo: un fracaso comercial aplastante.
Hoy, el Reeves Overland Octoauto es un objeto de curiosidad, un testimonio de la audacia y la visión de un ingeniero que se atrevió a desafiar las convenciones. Actualmente, solo podemos admirarlo a través de fotografías de la época, un recordatorio de que la innovación, a veces, exige sacrificios que la sociedad no está dispuesta a pagar. Un coche imperfecto, sí, pero un símbolo de una época en la que la comodidad era una aspiración, y el confort en el automóvil, una quimera.